Los comienzos del siglo XX estuvieron caracterizados por una actividad muy dinámica del movimiento pentecostal en Centro y Suramérica. Los evangelistas de cruzadas y grandes campañas al aire libre parecían seguir un patrón marcado y casi que era difícil diferenciar si pertenecían a tal o cual denominación en particular.

No cabe duda que fueron años en los que miles de personas escucharon por primera vez la predicación de la biblia de alguien sin sotana. Alguien podría resumir algunos aciertos de dicho fenómeno; sin embargo, uno de sus mayores, sino el más grande de sus desaciertos, fue haber enarbolado una bandera con la siguiente consigna: “la mucha letra mata, pero el espíritu vivifica”.

Esta frase resumía la razón de ser del movimiento pentecostal. Al haber surgido como una respuesta a la fría ortodoxia de fines del siglo XIX y las incansables disputas con el racionalismo rampante de la época, el ser “vivificados en el espíritu”, lo cual era entendido en relación al bautismo del Espíritu Santo, parecía ser la respuesta definitiva al problema; sin embargo, cuan péndulo lanzado con fuerza, el movimiento pentecostal sobre enfatizó la experiencia espiritual y dejando casi satanizado el estudio sistemático de las Escrituras y la teología en general.

Pero, ¿de dónde surge esa idea? ¿Es bíblico pensar que el estudio de las Escrituras puede llevar a la muerte espiritual de un creyente? ¿Qué es lo que quiere decir “letra” y “Espíritu”? Intentaré responder estas preguntas a lo largo de este artículo.

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El texto en su contexto

El texto estrella empleado para sostener la idea que he mencionado es 2 Cor. 3:6

(…) el cual asimismo nos hizo ministros competentes de un nuevo pacto, no de la letra, sino del espíritu; porque la letra mata, más el espíritu vivifica.

Lo primero que observamos es que el texto no dice “la mucha letra mata” (la confusión parece surgir de Hechos 26:24, cuando Festo grita a Pablo en su defensa: ¡las muchas palabras te han vuelto loco!), pero aun así todavía debemos resolver lo que “letra” y “espíritu” significan de acuerdo al contexto. ¡Allá vamos!

Los hermanos de Corinto habían tenido problemas para reconocer la autoridad apostólica de Pablo, sobre todo en medio de las divisiones y disputas internas entre ellos (1 Cor 1:11). Para el momento en que la segunda carta es escrita ya había un problema adicional, muchos habían ido con cartas de recomendación como judíos y supuestamente recomendados por los doce, (parece algunos creían que Pablo no podía ser reconocido como Apóstol por no ser de los doce). Tal como estaba sucediendo en el resto de iglesias de la región, el judaísmo estaba haciendo todo por mantener las tradiciones propias de su religión mezcladas con el cristianismo naciente.

Pablo apela al argumento de que él no necesitaba una carta de recomendación para ser aceptado porque sus cartas eran ellos mismos. La prueba de que él era evidentemente un apóstol llamado por Cristo era que ellos se habían convertido (1 Cor 1:4-9). Él les hace una pregunta que los pone entre la espada y la pared —¿O tenemos necesidad, como algunos, de cartas de recomendación para vosotros, o de recomendación de vosotros? — Si Pablo no era reconocido como Apóstol, entonces su conversión no pudo ser genuina.

En adelante Pablo empieza a usar una especie de lenguaje con doble referencia. Es decir, mientras prueba que ellos son su carta de presentación y que no necesita otra expedida por hombres en esta tierra, al mismo tiempo les deja saber que dicha carta es escrita por Cristo por medio del Espíritu y que el “papel” son sus propios corazones, en contraste con la ley que sus enemigos querían introducir de manera encubierta.

Nuestras cartas sois vosotros, escritas en nuestros corazones, conocidas y leídas por todos los hombres; siendo manifiesto que sois carta de Cristo expedida por nosotros, escrita no con tinta, sino con el Espíritu del Dios vivo; no en tablas de piedra, sino en tablas de carne del corazón. (2 Cor 3:2-3).

Este contraste es clave para la comprensión del pasaje. Pablo quiere enfatizar que no importa cuán recomendados estén los que han ido antes que él, sus enseñanzas están basadas en el pacto antiguo y en la demanda de la ley de Moisés para salvación, la cual no puede salvar al hombre, no por ella en sí misma, sino porque   nadie puede cumplirla, cayendo así en condenscion. Por otro lado, el nuevo pacto es según la justicia de Cristo sobre los creyentes, es por la fe sola, e incluso fue anunciado por Dios desde el Antiguo Testamento:

Pero este es el pacto que haré con la casa de Israel después de aquellos días, dice Jehová: Daré mi ley en su mente, y la escribiré en su corazón; y yo seré a ellos por Dios, y ellos me serán por pueblo (Jer 31:33)

El comentario de William Hendriksen dice lo siguiente al respecto:

Pablo contrasta la ley del Antiguo Testamento, que había permanecido en lo exterior de su pueblo, con la ley del Nuevo Testamento, que opera en lo interno. De hecho, Pablo nos da a entender que el pacto del Antiguo Testamento ha quedado obsoleto, y que el pacto del Nuevo Testamento, inaugurado por Jesús y la venida del Espíritu Santo, es el que ahora opera (cf. Heb. 8:13)[i]

Ahora bien, a la luz de este contraste, la idea de Pablo es la siguiente: Como su mensaje no anuncia lo escrito en tablas de piedra, entonces él no necesita cartas de recomendación escritas con tinta, en cambio, como él es ministro de un nuevo pacto, basado en la obra interna del Espíritu en los corazones, la carta ya está escrita por ese mismo Espíritu y son los mismos corintios convertidos.

No es, púes, difícil concluir que “la letra” mencionada en el versículo 6 es una referencia a la ley de Moisés y al Antiguo Pacto, mientras que el espíritu es una referencia al Nuevo pacto en Cristo. De hecho, esto es confirmado en los versículos siguientes:

Y si el ministerio de muerte grabado con letras en piedras fue con gloria, tanto que los hijos de Israel no pudieron fijar la vista en el rostro de Moisés a causa de la gloria de su rostro, la cual había de perecer, ¿cómo no será más bien con gloria el ministerio del espíritu? (2 Cor 3:7-8)

Este ministerio del espíritu es llamado más adelante el ministerio de la justificación (v9). Después de todo “la carta de recomendación” de Pablo, tenía un mayor peso que la de los judaizantes. Ambas representan dos ministerios diferentes, pero uno más glorioso que el otro. ¡Maravilloso!

De acuerdo con lo visto hasta ahora, no hay manera alguna en la que pudiéramos pensar que “la letra” es una referencia al estudio teológico y “el espíritu” una referencia al bautismo del Espíritu [Como es concebido por los pentecostales]

¿Y el estudio de la letra mata?

Conviene en todo caso pensar en el caso hipotético en el que “letra” signifique estudio de la teología (note que digo hipotético), ¿puede el estudio diligente de las Escrituras producir muerte espiritual? Dejemos que sea la biblia quien responda:

Escudriñad las Escrituras; porque a vosotros os parece que en ellas tenéis la vida eterna; y ellas son las que dan testimonio de mí (Juan 5:39)

La NVI traduce las primeras palabras así: Ustedes estudian con diligencia las Escrituras.

Pablo llamo nobles a los de Berea porque ellos confrontaban toda enseñanza con el estudio cuidadoso de las Escrituras (Hech 17:10-11) y también se le recomienda a Timoteo que procure con diligencia usar bien la Palabra de verdad (2 Tim 2:15)

Las recomendaciones de la misma Escritura apuntan a que el estudio de las Escrituras es algo en lo que debemos perseverar con fervor, sin embargo, conviene una advertencia…

Una advertencia necesaria

Hemos comprobado que contrario a pensar en que estudiar la biblia produce muerte espiritual, la biblia misma nos anima a ser diligentes en conocerla y dedicarnos a ella; sin embargo, debemos ser cuidadosos.

Una persona puede, por la dureza de su corazón, convertir el estudio en el fin y no en lo que es, el medio. El propósito por el cual estudiamos y amamos ser diligentes en escudriñar, es porque dicho estudio nos lleva a un mayor conocimiento de Dios, a una mejor adoración y una vida de santidad; si eso no sucede, el problema no está en la teología o en el estudio mismo, sino en un corazón envanecido que aún no ha madurado en la fe o que tal vez ni siquiera es regenerado.

Que el Señor nos ayude a mantener el equilibrio necesario entre el estudio diligente de las Escrituras y un corazón que es afectado positivamente y movido a todo aquello que sea para su Gloria.


 [i] Kistemaker, Simón – Comentario II Corintios (2004), p90

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