Al contrario, los miembros del cuerpo que parecen más débiles, son los más necesarios. (1 Cor 12.22).

Tenemos la tendencia humana natural de juzgar por las apariencias. Nuestras iglesias están conformadas por personas con diversas cualidades. Algunos nos parecen muy dotados y habilidosos y otros no tanto y eso muchas veces condiciona nuestro trato entre unos y otros.

Miembros de un cuerpo

La iglesia de Corinto tenía este problema. Algunos hermanos eran menospreciados porque sus dones no eran tan espectaculares. Ellos no tenían don de lengua, ni sanidades, ni profecías u oro don espectacular; por tanto, eran visto como poco contributivos a la causa de la iglesia y relegados a un trato menos piadoso. Mientras tanto, que aquellos que si hacían evidentes sus dones eran tratados de buena manera.

La exhortación de Pablo, es a considerar que la iglesia es un cuerpo y que la función de cada miembro, por muy insignificante que parezca, es de gran utilidad. De la misma manera que el dedo gordo del pie es útil para no caernos hacia adelante y mantener la estabilidad, o el estribo  para generar las vibraciones en el oído medio y percibir sonidos amplificados; así también en la iglesia local; los hermanos que parecen no tener muchos talentos, son útiles e indispensables por la función que ellos cumplen.

Pequeños pero útiles

Recuerdo una ocasión, cuando aún no era cristiano y siendo un joven con una vida desordenada, pasé por el frente de una iglesia ubicada en un segundo piso. En la puerta de abajo que daba a la calle, se ubicaba un hermano de edad que todos los días me invitaba muy amablemente y de manera muy cariñosa a entrar y escuchar la predicación; un día entré y fueron esos mis primeros pasos de fe. Descubrí luego, que muchos de los que estaban en esa iglesia, habían sido llamados de la calle por el hermano que se ponía en la puerta.

Quizás te has sentido frustrado al ver como otros pueden desarrollar ciertas habilidades mejor que tu para el servicio a la iglesia, pero nuestro valor en el cuerpo de Cristo, no está determinado por lo que hacemos sino por el precio con el que fuimos comprados y en ese sentido, todos hemos sido comprados por el mismo precio; la sangre preciosa de Cristo, más preciosa que el oro. Eso es lo que determina nuestro valor y oficio en la iglesia.

Que el Señor nos ayude a ser piadosos en el trato con nuestros hermanos, así como a tener contentamiento y poner al servicio de los demás todo lo que él nos ha dado, aun cuando los demás lo consideren poco, pues nuestra recompensa esta en los cielos.

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